Apenas se nota. Apenas se
percibe. Pero la siente. Una lágrima recorre suave la mejilla. Cruel. Injusta.
Cetrina. Oscura. Impredecible. La vida es así. Hiriente y trágica.
Desconcertante e inesperada. En
un cielo espolvoreado de sombras y cenizas se intuye un otoño destartalado.
Fugaz. Melancólico. Húmedo y frío en el ambiente.
Sequía en los labios. Las gotas
de lluvia se camuflan entre las lágrimas vertidas. La vida es así. El Cap de
Cavalleria se aleja. Su particular Guiomar se desvanece.
Y la misma sequía en los labios.
El primer encuentro. El primer
recuerdo. Los cines de Callao son el único testigo.
No. No se atreve. En la oscuridad
de la sala quiere entrelazar esas manos. Pero no se atreve. Bajo la humedad de
octubre quiere cogerla de la mano. Pero no lo hace. Bajo los arcos de la plaza
Mayor quiere besarla. Pero no lo hace. La mira a esos ojos mediterráneos. Pero
es incapaz. No puede. Tantas cosas que le gustaría decirle. Y las palabras no
salen. Y permanecen olvidadas. En versos empolvados. En cajones desvencijados.
Ella no dice nada. El silencio es el único acompañante. Y las palabras no
salen. Cena intrascendente. Y llega la despedida. Y en la estación se despiden.
Y se besan. En la mejilla. Y entonces lo comprende. Siente que la asignatura de
la vida es su mayor suspenso. Y lo percibe. Entiende que nunca besará esos
labios del Mediterráneo.
Y el mundo se derrumba. Y ya nada
tiene sentido. Y todo se acaba. Y el otoño transcurre con sus cielos grises.
Con sus lluvias tristes. Con su sequía en los labios.
Ya no queda nada. Ya no importa
nada. Ya no. Y todo se cae. Se derrumba.
Transcurre un año. Entre luces y
sombras. Entre cielos azules y amaneceres escarlatas. Entre cielos grisáceos y
amaneceres violáceos. Otro otoño. La misma lluvia. El mismo orvallo. Y la misma
sequía en los labios. Y todo se derrumba. Las personas que amamos se alejan. Y
las que apreciamos el destino nos las arrebata. El Cap de Cavalleria se aleja.
Su faro se apaga. Todo lo que
pudo pasar y no pasó. Y la misma sequía en los labios.
Cruel. Cetrina. Injusta. Así es.
Así transcurre. Y nunca se detiene. La vida. Hiriente y trágica. El mismo
dolor. La misma alma rota. La misma sequía en los labios.
Pero la luz mediterránea nunca se
apaga. Y queda su recuerdo. El saber que siempre formará parte de ti. Y que
siempre está allí. El enamoramiento se desvanece. Pero la amistad nunca muere.
La vida. Siempre concede
oportunidades. Nuevas ilusiones. Nuevas esperanzas. Otros anhelos. Otros
deseos. Otros sueños. Siempre habrá una particular Guiomar.
Orvallo primaveral. El sonido del
violín les acompaña. El corazón de Madrid aguarda el momento. En el parque
sopla una brisa fría. El sol de marzo alumbra pero no acalora.
Alfonso XIII vigila desde su
caballo. Siempre alerta. Siempre atento.
Y el tiempo se detiene. Ya nada
importa. Las manos se entrelazan. Y la sequía de sus labios se difumina en la
oscuridad del parque. Y entonces todo cambia.
Hiriente. Trágica. Injusta.
Generosa. Inesperada. Maravillosa. La vida.